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Imagen: NYT

INVASIÓN A UCRANIA. «RAZONES» SUBJETIVAS

La invasión rusa a Ucrania no se explica solo por razones objetivas.

A veces da la impresión de que siguen faltando variables más allá de la geopolítica, los intereses económicos, los equilibrios de poder, las esferas de influencia; incluso más allá de los eventos históricos. Y que aún con todo lo anterior bien ordenado, pareciera que no es suficiente; que los acercamientos que leemos y escuchamos en Prime Time, aunque reales y parte inevitable de cualquier análisis serio, no alcanzan.

Y no alcanzan porque las motivaciones para la agresión son difusas, contradictorias, claramente evitables, pues los beneficios de una previsible victoria militar rusa parecen menores, bastante menores, que sus daños y colateralidades.

Si bien muchos de los análisis de fondo que existen contienen elementos válidos y contrastables, y al final uno termina aceptando las tesis centrales de una narrativa entrenada en parecer redonda y coherente, es muy posible, altamente probable, que a este ataque a Kiev le falten otros aspectos poco tratados y de difícil explicación. O sea, como mucho, estaríamos frente a las líneas generales, a los trazados gruesos de un mapa que debería ser mucho más complejo y no debería apostar únicamente a las causalidades tradicionales.

Del mismo modo que no se podrían explicar las acciones de un acosador y de un violador sin tomar en cuenta el peso de la satisfacción ante el dolor ajeno, de los complejos de inferioridad, de las actitudes passive-agressive, de los sentimientos de propiedad y dominación, del desengaño, de la necesidad de ultraje, de humillación y subordinación por la fuerza a sus víctimas, acá parece que también deberían tomarse en cuenta.

Si los seres humanos, también como entes políticos, respondemos y reaccionamos a estímulos no siempre determinados por la racionalidad, la objetividad o los intereses medibles, ¿por qué esperar que los hombres de estado sean todo equilibrio y objetividad cuando no existe evidencia para tal creencia?

La Historia de muchos lugares nos muestra lo que estaría en condiciones de hacer, al frente de un Estado poderoso y sin balance de poderes, un líder acomplejado, abusador, narcisista, ególatra o claramente sociópata, aunque de todo eso se hable poco y muchas veces nada.

También se sabe que no es sencillo introducir el peso de las percepciones, la ira, el orgullo, el miedo, las ansias de reconocimiento y las manías de grandeza de los actores centrales a los exámenes de estos hechos. Pero lo que no se debería hacer es ignorar todo lo anterior pues estaríamos ante evaluaciones cómodas y parciales que nos llevarían a un falso determinismo, a una inevitabilidad histórica forzada.

Dicho directamente, las acciones del poder ruso frente a Ucrania no se explican, solo, por el intento de restauración imperial ni por el dilema ‘OTAN si/OTAN no’ ni para asegurar fronteras —nadie en su sano juicio atacaría a Rusia, y «el cerco a Rusia» tendría el mismo peso que la necesidad de los estados vecinos de aumentar su protección frente a un estado que ha sido invasor desde cualquier orden económico político y social— ni por el posible control de un mayor inventario de energía y bienes primarios ni porque «tu independencia y soberanía me las debes» ni porque Lenin «se equivocó» y Yeltsin se olvidó, de tan borracho —tan borracho que se tambaleaba y caía en los encuentros internacionales— ni por la búsqueda de mayor balance y equilibrio global ni porque al final Rusia pueda llegar a ser más poderosa.

Nada de eso es suficiente, no alcanza, frente al descrédito y el rechazo hacia quien promovió la acción central que acá nos trajo. Es un pésimo trabajo de relaciones públicas que hace que la marca país sea no ya subvalorada sino despreciada, y que el odio y la animadversión hacia la gran patria de Tolstoi, Rachmaninoff, Eisenstein y tantos otros sea la manera en la que no solo tratarán a ese país sus primos y vecinos inmediatos sino buena parte de las naciones del mundo, que ve y juzga, con ceros y unos, y en tiempo real.

En períodos anteriores, un estratega o un militar destacado tenía grandes posibilidades de ser socialmente reconocido y encumbrado a escala social. Ya no es tan así. Las admiraciones, simpatías y los dineros del mundo no se conquistan con anexiones, invasiones ni bombas.

Hoy es muchas veces reprobable matar y dominar por la fuerza con el objetivo de  alcanzar fama, reconocimiento, territorios o bienes. También somos menos violentos que nuestros abuelos y padres y se entiende a la guerra de agresión, además de criminal y oprobiosa, como un recurso que no tiene nada de cool o admirable.

No es que sea sencillo explicar un fenómeno sin sudas complejo, propio de biógrafos, psicólogos, historiadores, analistas serios y entrenados y no de trabajos de prensa enfocados en la inmediatez y la simplificación, sino que da la impresión que con lo dicho, y reiterado una y otra vez, no alcanza.

La evaluación de las razones de esta agresión adolece de la ponderación de los elementos subjetivos que casi seguro están presentes.

¿Con esta acción Rusia aumenta su seguridad y poderío? No parece. ¿Acaso será más respetada? Tampoco. ¿Así se gana hoy? Definitivamente no.

Con su acción del 24 de febrero, Vladimir Putin no se convirtió en un líder temido sino en alguien despreciable por buena parte del planeta. Y con él, el pueblo ruso cargará con los muy feos y muchas veces injustos motes que por tan largo tiempo lo han acompañado.

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